[publicado en El Decano de Guadalajara, 17jun05]
El telar de Sherezada en México DF Pep Bruno
Este año el maratón es más europeo que nunca ya que han nacido pequeños maratones en países vecinos como Portugal, Francia, Italia y Polonia. Pero el maratón no sólo ha exportado su formato a países del ámbito europeo sino que también ha cruzado el Charco. Así, en la ciudad más grande del mundo, México DF, con algo más de 27 millones de habitantes, también han celebrado su primer Maratón de Cuentos. Aquí les voy a contar las similitudes y diferencias que entre nuestro maratón (madre y modelo de todos los maratones que van apareciendo) y este otro que ha nacido diez mil kilómetros más allá. Aprovechando que este año se celebraban los 25 años de la Feria Internacional de Literatura Infantil y Juvenil de México DF (FILIJ), para celebrar el aniversario la institución organizadora decidió ampliar las actividades a todo el año (no sólo al mes de octubre como se venía haciendo hasta ahora). En mayo (12 al 14) se organizó un Coloquio Internacional con el título “Narrar y leer para formar lectores” al que asistí invitado y gracias al cual puede ver y participar en el primer Maratón de Cuentos de México DF ya que, justo al terminar este coloquio daba comienzo el maratón.
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El Maratón de Cuentos comenzaba el viernes 13 de mayo a las seis de la tarde y finalizaba 24 horas después. Como en todo primer maratón el miedo de los organizadores a no rellenar tanto tiempo hizo que se permitiera la lectura (recordemos que incluso en Guadalajara sucedió así), aunque sucedió que en este maratón mexicano se potenció mucho la lectura en voz alta. Tal es así que en los carteles anunciadores se hablaba de la actividad como un “maratón de lectura”, maratón al que, por otro lado, se había bautizado como “El telar de Sherezada, 24 horas tejiendo con palabras”, haciendo referencia a la inmortal Serezade de Las 1001 noches, mujer que, paradójicamente, es la representación de la oralidad pura.
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También es verdad que aunque en el cartel se decía explícitamente “maratón de lectura” en la publicidad de prensa y radio se hablaba de narrar y leer. De hecho se leyó mucho pero también se contó algo. Y no vean qué diferencia. No saben qué placer es escuchar a alguien que cuenta después de llevar una hora oyendo palabras leídas (desleídas), envasadas, constreñidas. Cuando subía al escenario alguien sin libro, sin papeles, el público se animaba y salía de su letargo: qué placer escuchar y mirarse a los ojos. Esa es la palabra: placer. Otra gran diferencia con respecto a nuestro Maratón fue el de los lectores-narradores. No se trataba de gente que hubiera llamado para pedir hora para contar, no. Se trataba de gente de cultura, escritores, poetas, editores, periodistas... que habían sido invitados para que leyeran o contaran o recitaran algún cuento o poema. En realidad, tal como yo lo vi, parecía una especie de gran invitación al público para que leyera. Algo así como si las fuerzas vivas de la cultura de un país dedicaran 24 horas a compartir una gratificante experiencia, la de la lectura. En ese sentido lo vi más parecido a la lectura del Quijote que se celebra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid de unos años a esta parte. Esto, a mi entender, hizo que la actividad no fuera demasiado popular (pensemos que se trata de una ciudad de más de 27 millones de habitantes y en el momento de mayor número de público no habría más de 100 personas). Hay que decir también que en una ciudad tan descomunal como México DF las distancias son enormes, por eso ir hasta el lugar donde se celebraba el Maratón podía ser cosa complicada, sobre todo por la noche donde las calles pueden resultar peligrosas. Nunca hasta ahora había pensado que una ciudad como nuestra Guadalajara tiene el tamaño ideal para celebrar un Maratón de Cuentos.
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En los momentos de menor público no se bajó de quince personas, eso me recordó también a nuestros primeros maratones. Y aunque en estos momentos de resistencia todo parecía igual, todo era también distinto. Por ejemplo, en la hora de la amanecida, cuando la noche empezaba a clarear, los cantos de los pájaros eran distintos a los que resuenan en el Patio de los Leones cuando amanece y las palabras de los cuentos ruedan por sus rincones. También el desayuno fue distinto, no hubo chocolate con churros o café de termo, allá tomamos unos exquisitos tamales de pollo con un poco de agua de Jamaica. Y la fruta que refrescó la mañana no era manzana o melocotón, tenía nombres y sabores tan sabrosos como chicozapote, guanábana, mamey, mango manila... Hubo narradores que conocemos porque han pasado por nuestro maratón, por ejemplo Gerardo Méndez, al que podemos ver en una de las fotografías con una camiseta de nuestro duodécimo maratón, también estuvo Nicolás Buenaventura y Moisés Mendelevic. Y por supuesto, hubo narradores y narradoras a los que no conocemos (Marcela, Pancho, Marilú, Giovanna, Patricia...). La radio también retransmitió unas cuantas horas de Maratón (de doce de la noche a seis de la mañana) siendo el locutor de la emisora quien presentaba a la gente que iba a contar o leer. Fue emocionante cuando oyentes de la radio enviaron mensajes por e-mail que se leían en el escenario agradeciendo la noche de cuentos; alguno de los mensajes llegó desde Inglaterra donde había alguien escuchando los cuentos a través de la web de la emisora. En suma, otro Maratón de Cuentos, otro más, pero también otro maratón diferente, lleno de sabores nuevos, de acentos nuevos, de voces nuevas y, sobre todo, de nuevas ilusiones. Es también un Maratón de Cuentos que se encuentra buscando su propia identidad, ojalá la propuesta cuaje y dentro de unos años hayan encontrado su camino de palabras. Y así, tejiendo palabras, caminando por las palabras, haremos puentes que acercarán más a los pueblos, a las personas, a los sueños. Palabras que anudarán corazones.
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[publicado en Educación y Biblioteca, nº144, nov/dic04]
Pepe Maestro y Pep Bruno
Presentación al Dossier publicado en Educación y Biblioteca, con motivo del I Encuentro Estatal de Cuentistas, Cuentacuentos y demás profesionales de la Narración Oral (Junta de los Ríos, Cádiz, 8-10 oct04). En este dossier están contenidos gran parte de los materiales allí debatidos (dos de las tres mesas de trabajo y doce de las catorce microponencias) y podéis leerlo completo aquí.
El oficio de cuentista (o cuentacuentos, o narrador oral, o cuentero... que esto de la terminología todavía no está claro) es un oficio solitario. No es habitual que personas que vivimos de contar cuentos, vivir del cuento en su más pura acepción, nos reunamos para hablar y compartir preocupaciones, avatares, anécdotas... de nuestro trabajo en el día a día. Y esto es así porque nos encontramos dispersos, muy dispersos, por toda la geografía. Salvo en contadas excepciones, no suele haber más de cinco cuentistas profesionales en una misma provincia. Al decir profesionales nos referimos a aquellos cuya única fuente de ingreso es la narración oral y, por ende, todo su tiempo está dedicado a buscar nuevos cuentos, organizar repertorios, preparar las sesiones, contar... Si incluyéramos entre los profesionales a toda la gente que cuenta esporádicamente (no con cierta regularidad pero sí con mucha preocupación por lo que hace), o que compagina su trabajo en una oficina con su pasión por contar cuentos (ídem la preocupación y respeto por lo que eso significa), y en ambos casos cobrando por ello, entonces el número de narradores profesionales por provincia aumentaría, pero no mucho, seguiría siendo un listado breve y disperso. Así las cosas, este limitado número de colegas hace que sea difícil encontrarnos. Que sea difícil pasar un rato tranquilo hablando de nuestras cosas. Sí es verdad que esto sucede de vez en cuando: en algún festival en el que coincides con alguien, en algún curso, en algún maratón de cuentos... pero en esas ocasiones sucede que también estás trabajando y no suele quedar mucho tiempo para la charla con los colegas. El nuestro es un oficio solitario, ya lo dijimos, aunque siempre hay honrosas excepciones, nos referimos a los narradores catalanes y a su asociación, ANIN, que lleva ya unos cuantos años creando espacios para el debate y la reflexión. Otra excepción a la incomunicación ha sido un lugar muy especial para nuestra profesión, un lugar donde hemos empezado a ser conscientes de que lo nuestro era un oficio, de que no estábamos solos, de que mucha más gente compartía con nosotros cuestiones similares. Ese lugar es Guadalajara, y la fecha, siempre la misma: el tercer final de semana de junio, momento en el que se celebra el Maratón de los Cuentos. Este evento es el que reúne a más cuentistas por metro cuadrado en España y posiblemente en el mundo. Y además, dura tantas horas que siempre encontramos un hueco para tomar un café, para hablar con calma, para soñar juntos. El Maratón, año tras año, ha ido haciendo oficio, nos ha ayudado a ser conscientes de quiénes éramos. El problema vino después. Empezamos a saber quiénes éramos, pero no encontrábamos espacios para contarlo/contárnoslo. Y ahí surgió la inestimable ayuda de internet, que se ha convertido en un aliado estupendo para los cuentistas dispersos por el mundo. Primero fue el correo electrónico, poco a poco las direcciones y los mensajes electrónicos fueron pasando de unos a otros. Era un sustitutivo muy alejado de lo que nos gusta, hablar y escuchar, pero ya era algo. Después llegó el canal de chat, un espacio donde compartir cada semana lo que nos preocupaba, o simplemente para hablar de nuestras cosas. Algo más parecido a una conversación. El chat de los lunes empezó a ser cita habitual para un buen número de nosotros. Más tarde surgió la idea de jugar juntos y escribir cuentos, y así nació la lista de correo de narrantes donde, a partir de una foto, todos los suscritos escribíamos un cuento. El siguiente paso, imprescindible, fue la creación de la web de los cuentistas (www.cuentistas.info) que, poco a poco, se convirtió en un referente para todos nosotros, un lugar al que enviar información y en el que encontrar información. Nos estábamos moviendo, cada vez más. En marzo de 2004 llegó el primer encuentro de narradores, organizado por y para cuentacuentos madrileños: “Madrid cuenta, primeras jornadas para la reflexión sobre el arte de contar.” No específicamente dedicadas, estas jornadas, a cuestiones del oficio, sino más bien a la perspectiva artística del hecho de contar cuentos. Y entonces prendió la idea. Una idea que llevaba mucho tiempo rondando. Una idea que tomó forma en la reunión del chat de los lunes: hagamos un encuentro estatal de narradores y hablemos de nuestro oficio. Y en abril (ese mes terrible) empezamos a preparar el encuentro, el I Encuentro Estatal de Cuentistas, Cuentacuentos y demás profesionales de la Narración Oral (vivir para contarlo, contarlo para vivir). Pepe Maestro se encargó de las cuestiones de logística: dónde podíamos reunirnos, cómo apuntarnos, qué comer... y todo esto con dos premisas básicas: buscar la periferia (pensando en lugares no habituales para los encuentros, en lugares no geográficamente céntricos) y conseguir el precio más barato posible. Y Pep Bruno se encargó de las cuestiones de contenidos: qué temas nos interesaban, cómo abarcar la mayor parte de ellos, quién podría desarrollarlos... Félix y Pablo, del Grupo Albo, tendieron sus cuatro manos para ayudar con el enorme lío que se nos venía encima. Fueron un par de meses de mucho mucho trabajo. Mereció la pena. El sueño, poco a poco, iba tomando forma. Enseguida se habló de la Granja Escuela Buenavista, en Junta de los Ríos, Cádiz, donde nos dieron todas las facilidades y un precio simbólico por pasar allí unos cuantos días con cama y comida incluidas (¡todo por 31 euros!). Se iba corriendo la voz y de las 40 plazas iniciales tuvimos que pasar a 60 y, finalmente, a 90. Se tuvo que priorizar a los participantes: primero profesionales, luego bibliotecarias y maestros, y finalmente curiosos y amigos del cuento. No pudimos pasar del primer escalón, los 90 fueron, fuimos, gente del oficio. La cuestión de los contenidos encontró sus propios problemas, básicamente dos: quién prepararía los temas a desarrollar sin cobrar nada a cambio, por amor al arte (y al oficio); y cómo trabajar mucho (y tocar muchos temas) sin copar todo el tiempo, dejando huecos también para la convivencia y el silencio. El primero no fue tal problema, todas las llamadas que hicimos a colegas y amigos acabaron siendo ponencia. Y el segundo se resolvió buscando una fórmula nueva que pretendió ser práctica (y lo fue) y efectiva (y también lo fue): las microponencias. En vez de hacer tres o seis ponencias, pedimos a todos los colaboradores que escribieran microponencias de 3-7 minutos de duración, tiempo suficiente para exponer el meollo de la cuestión. Piense el que esto lee que el colectivo de cuentacuentos tiene la facilidad de perderse en palabras, de inundarse de palabras. Queríamos evitar esto a toda costa y la solución fueron las microponencias: 3-7 minutos de exposición y 10 minutos para el debate en la asamblea. Hubo que inventar la figura de un moderador aceptado por la asamblea, que fuera estricto con los tiempos, implacable con las exposiciones largas y que cortara el debate cuando no hubiera nuevas ideas. Y la cosa, sorprendentemente, funcionó. Y de qué manera. En algo más de cinco horas se expusieron catorce microponencias. Se saltaba de un tema a otro, se relacionaban cuestiones, ideas que habían salido en una micro eran desarrolladas por el grupo y luego retomadas en otra micro... al final todo parecía una única conferencia a la que ochenta voces iban dando forma. Y funcionó. Y fue increíble. También hubo un espacio para las mesas de trabajo con las que pretendimos, de manera más sosegada, profundizar en tres temas esenciales para nosotros: la voz del narrador, la formación del narrador y las cuestiones legales. En ellas hubo momentos para la reflexión del ponente y para el debate posterior del grupo. Y, sobre todo, hubo un espacio para la convivencia, momentos brillantes, divertidos y emotivos que estos papeles no podrán transmitir porque en ellos no caben laberintos, ni hogueras, ni noches estrelladas, ni cantos con cencerro, ni paseos entre cipreses. Encontramos en un horario tan apretado huecos para avisos, noticias, eventos... incluso tiempo para el trabajo de la asamblea, concretamente para la elaboración de dos pre-documentos: un manifiesto para las condiciones mínimas en las que desarrollar nuestro trabajo, y un documento para reflexionar sobre las cuestiones éticas del oficio y el tema del repertorio. Estos materiales se comenzaron a redactar en Cádiz (desde la lluvia de ideas de la asamblea) y en la actualidad hay dos grupos de trabajo centrados en su redacción. Y eso fue lo mejor, que Cádiz no ha sido el final de nada, Cádiz ha sido el principio de muchas cosas: hay grupos de trabajo, hay foros de debate, hay nuevas webs (www.cuentistas.info y www.narrantes.com), hay materiales para la reflexión, hay listas de correos... hay movimiento, mucho, cada vez más. Movimiento que nos empuja desde Cádiz al próximo encuentro, que será en septiembre de 2005 y en Santiago. Allí nos volveremos a encontrar y seguiremos haciendo los sueños palabras. Y las palabras, instantes. Y los instantes, sueños.
En el presente dossier aparecen redactadas dos de las tres mesas de trabajo y doce de las catorce microponencias. Al pie de cada uno de los documentos está el nombre del autor y su web o correo electrónico. Queremos citar los nombres de los autores cuyos materiales no están aquí incluidos porque han sido considerados demasiado específicos de nuestro oficio: Carles ( Antes de terminar es obligado dar las gracias a todos los que han dedicado tiempo y esfuerzo para hacer que este Encuentro fuera realidad. Gracias a todos los colegas y amigos que elaboraron microponencias y desarrollaron las mesas de trabajo. Gracias al equipo de la granja escuela (Macarena, Ana y su cencerro, las cocineras y sus garbanzos que todavía hoy son recordados con nostalgia) y a los dueños de la misma (por su completa disposición). Gracias a Educación y Biblioteca por mostrar interés por estos materiales y dar continuas facilidades para su publicación. Y, por último, gracias a todos los que soñaron con nosotros este encuentro y participaron en él, haciéndolo finalmente posible. Gracias.
Pepe Maestro ( Pep Bruno (www.pepbruno.com) |
[publicado en Educación y Biblioteca, nº142, julio/agosto de 2004]
Pep Bruno
Hace unos diez años en Guadalajara, en la Biblioteca Pública del Estado, se iniciaba una actividad denominada “El viernes de los cuentos”. En sus inicios, el viernes de los cuentos consistía en abrir la biblioteca a las once de la noche un viernes de cada dos, la hemeroteca se transformaba en un gran círculo de sillas en cuyo centro ardía una queimada. La gente acudía allí para contar o escuchar cuentos, cada cual según su deseo. La primera vez que se convocó esta actividad yo asistí con mi compañera. Recuerdo que era una época de sequía económica en casa y llevaba un par de años tratando de ganar dinerillo con concursos literarios (algo se hizo). Siempre había escrito, pero nunca tanto como aquella época. El caso es que cuando oímos lo del viernes de los cuentos nos pareció una propuesta estupenda (por fin cuentos sin ánimo de lucro, pensé) y allá fuimos. Según escuchaba los cuentos que se contaban (preparados en muchos casos por los componentes del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara) recuerdo que me iban entrando más y más ganas de contar, hasta que no pude aguantarme y, sin saber en lo que me metía, me puse a contar un cuento que acababa de escribir. Nunca olvidaré ese cuento que desde entonces viaja conmigo y cuento en ocasiones especiales, La ola y la ráfaga. A la gente le gustó. Y a mí también. Contar los cuentos era muy distinto a escribirlos. Los cuentos contados, calientes como pan recién salido del horno, de boca a oreja, de ojo a ojo, de corazón a corazón, eran la palabra dicha. La palabra feliz. Pura palabra feliz. Recuerdo que después de contar no se me quitó el hambre de seguir contando, al contrario, quise contar más. Esa misma noche improvisé sobre la marcha un segundo cuento. También fue muy divertido. Muy emocionante. Los cuentos contados siempre transitan por caminos de emoción. Al terminar el viernes de los cuentos, ya tarde, se me acercó la bibliotecaria, Blanca Calvo, y me dijo algo así como ¿tú quién eres? Tras una breve charla me dijo que me pasara al día siguiente por la biblioteca y hablara con ella. Aquella noche fue el primer paso de un largo camino por el que sigo andando. Al día siguiente por la mañana Blanca me explicó qué era el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, quiénes eran sus componentes; también me habló de autores y libros imprescindibles que tenía que conocer y leer (esa misma mañana me llevé a casa un ejemplar de Gramática de la Fantasía, inencontrable por aquella época en las librerías); también me habló de Estrella y su inseparable bruja Rotundifolia, decana de los cuentistas y maestra del oficio, y me puso en contacto con ella. Y el resto fue llegando poco a poco: empezar a contar, y a leer, y a aprender, y a caminar por la palabra, la palabra dicha. Por la dicha de la palabra. Esta pequeña historia es bastante significativa de mi trayectoria profesional, ya que el hecho de contar para mí, desde el principio, ha estado asociado a bibliotecas y bibliotecarias, y luego llegaron los institutos y los colegios, las asociaciones y las plazas de los pueblos, los bares y los teatros, pero como ya dije, eso fue luego. A veces pienso en todo lo que ha sucedido desde entonces y tengo la sensación de que han sido los cuentos quienes me han elegido a mí, no yo a ellos.
Contar cuentos se ha convertido poco a poco en mi profesión, de hecho gran parte del tiempo de mi vida lo dedico a contar, a buscar y preparar nuevos cuentos y a reflexionar sobre el hecho de contar. Cada sesión de cuentos es la primera vez (aun cuando esta última “primera vez” venga cargada de recursos que el oficio te va dando sesión tras sesión), siempre es algo distinto, inesperado, lleno de nuevas situaciones; esto convierte al hecho de contar en algo irrepetible, único, que sucede siempre de nuevo y de manera diferente, algo que transcurre pleno de libertad por caminos de emociones. Organizo mis sesiones tratando de atender a varios parámetros: los colectivos con los que me voy a encontrar: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, mayores, mujeres, etc.; el contexto en el que va a desarrollarse la sesión (una biblioteca, un colegio, un bar, un teatro, una plaza...); y otros factores más íntimos que también influyen en la preparación de la sesión (mi estado de ánimo, mis últimas lecturas, la dinámica del grupo durante la sesión, etc.). A la hora de contar nunca sé con exactitud qué cuentos voy a contar; antes de empezar decido los cuentos del principio de la sesión (los dos o tres primeros), su función será ayudarme a ver cómo reacciona el grupo y qué camino debo seguir durante la sesión, qué tipo de grupo es, qué centros de interés puedo suponer que tiene... así las cosas, cada sesión tiene una evolución propia. En el hecho de contar para mí la preeminencia absoluta la tiene la voz, los cuentos transitan por las palabras y cualquier cosa que pueda despistar de esas palabras sobra. Yo no utilizo objetos, ni me disfrazo, ni pongo voces, ni actúo, trato de dejar todo el terreno para la voz. Sí hago algunos pequeños gestos de apoyo, pero son gestos nacidos desde la oralidad y que suman a la narración, aportando nuevas posibilidades al texto. También utilizo apoyo de algunas ilustraciones, a veces, y sólo cuando creo que son buenas ilustraciones que aportan al cuento que se está contando. Este recurso lo utilizo en las sesiones de niños, cuando ya llevan un rato escuchando cuentos y su capacidad de atención va menguando, es el momento de reforzar la palabra con buenas imágenes y ayudar a los niños para que escuchen también con los ojos. Al final de las sesiones con niños suelo contar algún cuento participativo, cuento que implica la colaboración del público, suelen ser cuentos acumulativos en los que hay que repetir una sucesión de palabras o gestos. Siempre se trata de algo discreto que pueden hacer sin levantarse de la silla ni armar alboroto ni romper ese espacio de intimidad que se ha creado alrededor de las palabras. En las sesiones de adultos no utilizo ni apoyo ilustración ni cuentos participativos, me centro en la palabra y en los cuentos. Además de estos dos elementos imprescindibles (la palabra y el cuento) hay un tercero que me interesa mucho, se trata de toda la parte de improvisación: los errores creativos, las variantes de los cuentos que surgen de manera inesperada, los previos a los cuentos, lo que muchas veces dices sin antes haber pensado/preparado antes... y también toda la interacción con el público, las provocaciones y los “enganchones” que puedo tener y que aprovecho para estar constantemente jugando con quienes están escuchando los cuentos. Para mí esta variable creativa es lo que nos entronca con toda la tradición de trovadores, juglares, cuentacuentos, charlatanes... y me interesa explorar por esos caminos tan inciertos y enriquecedores. Por cierto, no me suelo olvidar siempre de citar al menos uno o dos libros en todas las sesiones de cuentos para adultos. En este oficio nuestro que parece que todavía estamos reinventando el repertorio aparece como uno de los ejes imprescindibles: un cuentacuentos profesional debe saber un buen número de cuentos. Además, entre nosotros los cuentistas suele haber respeto por el repertorio de los otros, no se copian ni se cuentan los cuentos que los otros han encontrado y han hecho suyos: no se consigue el pan con el trabajo de los otros.
En cuanto a mi participación en algunas experiencias significativas relacionadas con la oralidad y con la animación a la lectura, sin lugar a dudas la más emocionante para mí ha sido el Maratón de los Cuentos de Guadalajara, sobre todo los siete u ocho años en los que participé activamente (hace un par de años que dejé de estar en la organización del Maratón, soy un colaborador más en esos días enloquecidos). Pero he vivido otras experiencias muy interesantes. Para mí la más emocionante sin duda fue la realizada con seis bibliotecas de la provincia de Guadalajara (Azuqueca, Yunquera, El Casar, Brihuega, Humanes y Marchamalo), la actividad se denominaba “Las rutas imaginarias del Quijote” y movilizó a mucha gente de todos esos pueblos, fueron seis meses de trabajo, fiesta y lectura, mucha lectura del Quijote. Recuerdo que coincidió con el club de lectura del Quijote que llevaba en la Biblioteca de Guadalajara, otra actividad que rememoro con mucha emoción. Pero hay más: el Maratón de Cuentos de Canarias, las campañas de animación a la lectura en Las Rozas, la guía de animación de Castilla La Mancha, las Bibliotecas madrileñas por la convivencia, las gymkanas inspiradas en libros y cuentos (la última, realizada en el colegio de mis hijos con madres y maestras muy entusiastas, hizo que se agotaran los libros de Arnold Lobel en todas las librerías de Guadalajara), y más, muchas actividades más. En la actualidad estoy colaborando con unas bibliotecarias de pueblos muy pequeños de la Serranía de Cuenca, probando una experiencia denominada “La liga de los libros”. Todas estas actividades sólo buscan una cosa, que quienes participen lean más, que en ellos despierte el apetito por los libros y las historias, que las palabras y los sueños de los otros nos ayuden a ser mejores y más libres. Yo creo que sólo siendo lector se puede transmitir ese placer por la lectura y, humildemente, yo me considero un lector, disfruto con los libros, de hecho los buenos libros y las buenas historias forman parte de mi vida, de mi memoria vital. Me importa mucho, además de toda esta práctica continuada, la demora y la reflexión, la formación y la teoría. Creo que hay que seguir creciendo por dentro, en nuestro oficio no puede ser todo acción, sólo acción: es imprescindible detenerse, pararse a mirar, pensar en lo que ha sucedido, cerrar los ojos y recordar las emociones de nuevo, revisar textos, seguir buscando nuevas historias... el momento de contar tiene que estar respaldado por muchas horas de “trabajo de cocina” previo, muchas horas de lectura y escritura, muchas horas de camino solitario, hondo e interior. Para mí contar sigue siendo un placer, pero al ser también mi oficio se ha convertido en muchas otras cosas más: kilómetros, libros, lecturas, libros, repertorios, libros, formación, libros... y palabras. Siempre palabras. Siempre caminos de palabras que son dichas, que son dicha.
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