[Artículo publicado en CLIJ, nº204, mayo07] Puedes ver el artículo (con sus fotografías) en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, directamente aquí (pp. 28-32).
En enero de 2007 murió Ryszard Kapuscinski, periodista excepcional y autor de un maravilloso libro titulado Ébano[1]. En el último de sus capítulos cuenta cómo en uno de sus viajes por África, sentado bajo un enorme árbol, tomando un té bien denso en la hora del anochecer, escucha a un grupo de hombres y mujeres contando historias. Allí está congregado todo el poblado. Kapuscinski escribe: “No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla.”[2] Es en estas sociedades ágrafas donde se puede sentir de un modo patente la responsabilidad de la oralidad, de la palabra contada y oída. Sólo existe lo que se cuenta y lo que se recuerda, lo que se oye y se aprende. Hoy, en Occidente, en esta cultura nuestra tan desarrollada, parece diluirse el peso de la palabra dicha. Todo está escrito. No hace falta memorizar nada porque el papel o el disco duro lo soporta todo, lo guarda todo, lo conserva todo. Poco a poco hemos ido creando un laberinto de papel, un mar de información, un turbión imparable de palabras, hechos, noticias imprescindibles que mañana bien pueden ser olvidados. Es el tiempo de lo fungible. Y también el tiempo de la abundancia. O más bien de la sobreabundancia. De la voraz necesidad de todo y más, mucho más, siempre más. Y, paradójicamente, es también el tiempo de la carencia, de la perpetua hambre. Este tiempo que nos ha tocado vivir transcurre además de una manera veloz, rápida, fugaz; es también el tiempo de la carrera, de la prisa que nunca nos deja ahondar, de la lucha contra el cronómetro implacable. Y del ruido. El poderoso señor de las ciudades, de las casas, de la vida: todo ha de suceder sin que haya silencio. El silencio se presenta como un mar demasiado azul, demasiado profundo, demasiado asfixiante. Es mejor el ruido que nos entretenga y nos mantenga activos. Activos sin fin y sin motivo. Frente a esta situación el cuento se presenta como la posibilidad liviana, sutil, frágil (pero enormemente poderosa) de reencontrarnos con los elementos imprescindibles para el crecimiento personal: Frente al ruido continuo, el silencio de la palabra dicha, la palabra como agua fresca para saciar la sed y, sobre todo, la palabra contada para quien escucha: una palabra de mi para ti, una palabra que cuenta. Frente a la velocidad enloquecedora del día a día, la calma sosegada de un cuento, sabio, limpio de momentos innecesarios. Frente a la perpetua necesidad de todo y más, el suculento bocado de un cuento con sabor a pan recién hecho, un cuento que nunca se rompe y nunca se gasta, que no cuesta nada y vale mucho, un cuento salido del corazón, de los labios, de los ojos de quien está con nosotros, de quien nos acompaña y nos mira y nos dedica y regala y ofrece su tiempo. Es más, frente al tiempo es oro, el tiempo compartido, cálido, demorado del cuento. Un tiempo de calidad en el que los ojos se miran, las pieles se tocan, los corazones escuchan y todos respiramos el mismo aire, el aire de las palabras dichas. Y sobre todo, frente al incesante aluvión de palabras e información, el claro y limpio mensaje del cuento, simple y directo, preciso. Parece, así dicho, que el cuento se presenta como algo revolucionario en estos tiempos que corren. Pero es mucho más. Tal vez pensamos que con la televisión, las play, las películas de Disney, los miles de juguetes, los niños tienen suficiente para ser educados y para crecer (sobre todo fuera del aula); tal vez creemos que así ellos aprehenderán nuestro ser social y cultural, que de esa manera se integrarán en la sociedad y serán uno más de los nuestros. Como si la televisión además de entretener educara. Como si la abundancia de juguetes fuera suficiente para calmar el hambre de juegos (una cosa son los juguetes y otra jugar). Como si Disney no fuera una empresa fabricante de consumidores (y desde luego, no de lectores). Como si la play nos ayudara a comprender el mundo en que vivimos. De qué manera ha sucedido que se ha ido dejando de contar cuentos. Cómo ha sido eso. Cuál fue el proceso en el que, poco a poco, sin darnos casi cuenta, hemos ido cediendo terreno y nos hemos olvidado de la palabra dicha para dejar que tantos vacíos arramblaran en nuestra vida. En nuestra sociedad. Como si la televisión, o la play, o la Disney sintieran sobre sí mismas la responsabilidad de la Historia de su pueblo (como citaba Kapucinski al principio de este texto). El cuento, siempre, y más hoy en día, es garante de nuestra historia (Historia) y de nuestra cultura (Cultura). El cuento entretiene, sí, debe hacerlo, pero también educa (también debe hacerlo). El cuento es la hoja de un árbol cuyas raíces van hasta el fondo justo del corazón (Corazón), de ese corazón común que late por igual, nos aúna, nos hermana en el ritmo vital de sístole y diástole. El cuento, sí, ese que nos muestra que en la diferencia somos tan iguales, que busca los puntos comunes, que traza los puentes, que rompe las fronteras y los muros. Y no solo eso. El cuento que nos da la mano y nos ayuda a crecer, a comprender, a entender el mundo en el que vivimos, en el que estamos, ese mundo del que nosotros también somos parte imprescindible. El cuento. ¿Cómo fue que dejamos de contarlo? Todavía a los niños pequeños en algunas casas, en algunas escuelas, se les cuentan cuentos (casas, escuelas, femeninos remansos). Son oasis donde aún viven los cuentos. Y cuál es la razón por la que después se va abandonando (de un modo indolente, irresponsable) el agua necesaria de la palabra contada. ¿Por qué no cuentan cuentos los viejos, esos cuentos de siempre, imprescindibles? ¿Por qué los amantes no se cuentan cuentos de amor, abrazados, tras haberse amado? ¿Por qué en las casas ya no hay tiempo para el cuento sabio? ¿Por qué los jóvenes no tiemblan de miedo con cuentos de miedo? ¿Dónde se esconde el cuento? ¿A qué está esperando para volver? ¿Qué será de nosotros sin él? Tal vez como en el libro Farenheit 451[3]el cuento vive agazapado en muchas gargantas, en muchos corazones, en muchos hombres y mujeres (como aquellos hombres-libro) y sólo está esperando una señal.
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[microponencia preparada para el pequeño encuentro teórico realizado en Madrid con motivo de Un Madrid de cuento, el 21 de noviembre de 2005]
Pep Bruno
Llevo doce años contando y todavía, cada vez que voy a estar delante de un público compartiendo el tiempo y el espacio de los cuentos, tengo la sensación de volver a examinarme de nuevo. Es como si cada vez que contara estuviera empezando. Cada público, cada espacio, cada momento, es único e irrepetible, cada acto de narración oral sucede una única vez. Los años me han ido dando herramientas y recursos para resolver situaciones en las que, contando cuentos, me puedo encontrar. Sesión tras sesión, día tras día, voy sintiendo como mi maleta de cuentista se va llenando de estos recursos y herramientas, y eso me ayuda a resolver muchas de las cuestiones y de los imprevistos que suceden (y naturalmente deben suceder) en las sesiones de cuentos. Pero hay algunos elementos importantes que se escapan a mi control y que, en algunas ocasiones, pueden dificultar especialmente mi trabajo. Uno de estos elementos es el público y el espacio de la narración oral; más aún, el espacio y el público de las bibliotecas, y ya que este es el motivo que hoy nos ocupa me centraré en ello. Debo advertir desde ahora que estoy hablando de sesiones de cuentos abiertas, no de sesiones de cuentos que concierta la biblioteca con colegios y que suceden en horario escolar. A estas sesiones “cerradas” suelen venir grupos con un número adecuado de participantes y, además, con edades homogéneas. Ideal. En las sesiones de cuentos abiertas a todo el público que suelen programarse en las tardes el asunto toma otro cariz. Llevo años yendo a contar a bibliotecas de Madrid y he contado cuentos a públicos muy variados: público maravilloso o público durísimo. Y la experiencia en el oficio a veces no es garantía suficiente: no hace dos semanas gocé de una maravillosa sesión de cuentos en Las Rozas; tampoco hace dos semanas padecí una terrible sesión de cuentos en otra biblioteca de la comunidad madrileña. Cómo no voy a sentir que cada día estoy empezando a pesar de los recursos y la experiencia. Mucha de la culpa de lo bueno y lo malo que sucede en una sesión de cuentos es cosa mía, asumo desde luego mi parte de responsabilidad (faltaría menos). Pero no es sólo o todo cosa mía. Y es que esto de contar es como bailar, me explico. Mi suegro baila estupendamente y cuando baila con mi mujer, aunque ella no sabe bailar, como ella se deja llevar, resulta que los dos disfrutan bailando y hasta parece que mi mujer sabe. Si el público se deja llevar y yo soy capaz de hacer que lo disfrute y que siga mis pasos de baile, entonces es posible que la sesión sea una buena sesión. Miel sobre hojuelas si los dos saben bailar, si es un público que sabe escuchar cuentos y un cuentista que sabe contar, entonces serán una deliciosa pareja de baile. Pero a veces sucede que uno de los dos o no sabe o no se deja o simplemente no quiere bailar, entonces por más que el otro sea un gran bailarín, la cosa resultará mal. Pienso que en el acto de la narración oral puede suceder de manera similar. Muchas veces (muchísimas) nos encontramos con públicos “novatos”, gente que acude por primera vez a una sesión de cuentos o que va sin saber muy bien a qué, pero que se deja llevar y enseguida queda enganchada a los cuentos. En esos casos es fácil bailar. Es fácil disfrutar de tu oficio y de ese íntimo espacio en el que los cuentos se están narrando. En otras ocasiones (menos de las que desearíamos) el público sabe a qué viene, está ejercitado en el oficio de bailar: tiene unas orejas y unos ojos muy musculados porque lleva tiempo escuchando y disfrutando cuentos. ¡Oh qué delicia cuando tropiezas con gente así! Finalmente a veces sucede que te encuentras con público reticente a dejarse llevar, incapaz de soltarse con el ritmo de la música, son troncos rígidos que de ninguna manera quieren bailar. Eso sucede. A veces vas a contar y te encuentras con gente que no sabe a qué va y no tiene ni interés ni ganas. O simplemente no tiene capacidad para entender cuál debe ser su participación en el acto narrativo. Esas sesiones son duras. Es como si tuvieras que bailar durante una hora con una estatua rígida y pesada, incapaz de seguirte y que además te hace tropezar continuamente. Lo peor de todo no es que eso suceda una vez, lo peor de todo es que puede ocurrir que ese público asista en varias ocasiones a sesiones similares y crea que lo normal a la hora de escuchar cuentos es ver al narrador cómo brega continuamente con unos y con otros para intentar crear puentes que lleven los cuentos de boca a orejas. Se crea así una inercia dura, muy dura, en la que el continuo ruido-interferencia impide que los cuentos transiten del narrador a quienes escuchan.
Además de la formación como público de sesiones de cuentos debemos valorar, de entre quienes vienen a escuchar cuentos, otro aspecto fundamental: la formación de cada uno de los escuchadores, es decir, la educación que han recibido, si se ha fomentado en ellos la capacidad y actitud de escucha. Y el respeto, claro, por los otros y por quienes estamos trabajando.
En resumen, los dos factores que influyen en el público son: las actitudes de quienes van a escuchar y, sobre todo, su conocimiento de lo que es una sesión de cuentos y cómo deben participar de la misma.
Visto esto, para mejorar o empeorar una sesión de cuentos, veamos qué puede influir en estos dos elementos.
Creo que en lugares donde hay una gran tradición de sesiones de cuentos es más fácil encontrar buen público porque está acostumbrado a participar en el acto de narración. Por eso cuantas más sesiones haya, cuanta más continuidad haya, mayor es la posibilidad de un buen público (que se ha ido formando como tal). Sin embargo hay sitios con mucha tradición que siguen teniendo espacios difíciles en los que contar. Quizás sea porque la inercia que ha asumido el público no sea la adecuada y, en ese caso, habría que trabajar para reeducar al público. Creo que esta es una muy dura tarea, pero se me ocurren algunas ideas: Empezar de nuevo. Romper con todo lo anterior y comenzar la actividad desde cero: buscar un nuevo espacio en el que contar y buscar el modo de hacer entender a la gente que eso a lo que va es otra cosa que no a lo que iba antes. Insistir con los folletos en los que se dan las normas de la sesión (dándolos día tras día). Y, sobre todo, hacer algo para que esa actividad se revalorice. Yo creo que hay al menos dos maneras de revalorizar una sesión de cuentos. Una es poniendo un aforo limitado para que sólo entre la gente que lo haya solicitado: que sólo quien tenga entrada pueda entrar y así, quien tenga mucho interés se buscará la vida para conseguir la entrada. La actividad deja de ser “universal” para convertirse en limitada, sólo para unos elegidos: eso la revaloriza. En la biblioteca de Pinto, que empezó este año con las sesiones semanales, lo hacen así, y creo que es un acierto. Durante la semana la gente recoge las entradas (que son gratuitas) o se apunta en una lista y así, el viernes, pueden ir a los cuentos: no va cualquiera y de cualquier manera, sólo van quienes se han interesado antes y han puesto empeño y esfuerzo por conseguir las entradas. Dos. Otra opción para revalorizar las sesiones es quitando la gratuidad. En la casa de cultura de mi pueblo había cine infantil todos los sábados. Era gratuito y era horrible. No podías ni escuchar la película por culpa de la algarabía continua que había. Todos los niños del pueblo, especialmente aquellos cuyos padres no los soportaban, iban al cine. Y la gente interesada dejó de ir. Hace un año se puso precio al cine, un euro. Ese euro fue la frontera ideal. Sólo quienes querían ir al cine, iban; y los que antes iban por ir, por no estar en casa, prefieren gastarse el euro en cromos o en chucherías o en cualquier otra cosa antes que ir al cine. Hemos ganado en calidad y ahora podemos disfrutar del cine. Por cierto, la recaudación de los euros se va para ongs. También es cierto que a veces vas a sitios donde se cuenta en contadas ocasiones y el público sabe comportarse perfectamente y disfrutas de sesiones maravillosas. Creo que en esos lugares habría que premiar a los escuchadores con más sesiones de cuentos. En muchas ocasiones se nota que hay verdadera hambre. Personalmente cuando me encuentro con un buen público, trato de disfrutar al máximo. No me importa alargar la sesión porque sé que será algo único, tal vez un recuerdo maravilloso para todos los que la hemos gozado.
Además de la educación del público (educación y a veces reeducación) para que comprenda cuál es su participación en una sesión de cuentos, está también el fomento de la capacidad de escucha, de atención, del respeto por el espectáculo artístico, por los otros y por quienes trabajamos contando cuentos. Creo que ahí la biblioteca sólo suma su grano de arena en la ardua labor educativa que los padres deben hacer con sus hijos y los maestros con sus alumnos.
Hay, además de los aspectos relacionados con el público, algunas otras cosas que nombraré brevemente:
-El tiempo. La duración de una sesión de cuentos no debe ser estricta, y eso debe comprenderlo quien contrata, quien escucha y quien cuenta. Hay sesiones con niños muy pequeños (2-3 años); la capacidad de atención de estas edades es limitada, contar más de 20-30 minutos puede convertir algo estupendo en un desastre. Se trata de limitaciones físicas de quienes escuchan. A veces con públicos novatos o poco entrenados también es bueno hacer sesiones más cortas (igual que en la gimnasia, con la práctica aumenta la resistencia). Esto es positivo para todos. Lo mismo sucede a la inversa, a veces con públicos muy ejercitados en esto de la escucha y los cuentos puedes hacer sesiones de hora y cuarto. (Yo recuerdo haber hecho al menos en cuatro ocasiones sesiones de cuentos de más de dos horas de duración).
-El espacio. Habrá que insistir: que no haya puertas a la vista del público (la entrada al lugar donde se cuenta debe estar detrás del público, para que los rezagados sólo molesten al que cuenta). Que no haga demasiado frío o demasiado calor. Que el lugar se dedique exclusivamente a la narración mientras se están contando cuentos (nada de seguir con el préstamo durante la sesión). Que la bibliotecaria (o bibliotecarias) o encargado del lugar estén presentes y pendientes de todo lo que sucede, echando una mano si es necesario (en las sesiones de Las Rozas, con mucho público, suele haber al menos cuatro personas pendientes de los niños y los padres para ayudar ante cualquier contingencia). Y por supuesto: sillas. Siempre es mejor que la gente se siente en sillas, es más cómodo (¿habéis probado a estar sentadas en el suelo más de 20 minutos? ¿entonces qué exigimos a los niños que se sientan en el suelo?)
-Edades. Creo que es una buena idea limitar las edades en las sesiones que son habituales en las bibliotecas. Entiendo que si en una biblioteca sólo se hace una sesión de cuentos esporádicamente no se puede hacer esta limitación (son las sesiones de público familiar). Pero conozco bibliotecas que diferencian y un viernes convocan a niños de entre 3 y 6 años y otro viernes a niños de entre 7 y 11 años. Es bueno porque siempre puedes encontrar cuentos específicos, más cercanos a los centros de interés de cada grupo de edad.
-Temáticas. Las sesiones temáticas (basadas en temas concretos: mestizaje, solidaridad, amor, etc.) creo que no funcionan demasiado bien. Particularmente prefiero elegir los cuentos que cuento según considere al público que va a asistir. Aun así hay veces que te encargan sesiones temáticas. En esos casos yo advierto que siete cuentos sobre un mismo tema acaban por aburrir al más interesado, por eso acabo combinando una sesión habitual con uno-tres cuentos sobre el tema que me han pedido. Pero siempre con total flexibilidad a la hora de poner en marcha mi sesión de cuentos.
-El personal. Desde luego en la mayoría (la grandísima mayoría) de las sesiones que he tenido no me ha pasado nunca nada, pero si digo esto es porque me ha pasado en alguna ocasión: se educa con el ejemplo. Si la persona que te contrata es la primera que tiene el teléfono móvil encendido y cuando le suena en mitad de la sesión ¡contesta a la llamada!, menudo ejemplo. O si la persona que te ha contratado se sienta detrás y se pone a hablar durante ¡toda la sesión! con otra persona, ¿qué ejemplo estamos dando?
Espero no haberos aburrido, ojalá de todo lo aquí expuesto podáis sacar algo bueno y lamento muchísimo no haber podido participar en este pequeño encuentro. Coincide la fecha con el inicio del club de lectura de La Celestina por internet así que no voy a poder estar con vosotras. Saludos Pep Bruno
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Microponencia preparada para el II Encuentro Estatal de Cuentistas, Mondoñedo octubre de 2005
CONTAR CUENTOS PROPIOS: DOS VOCES EN UNA
Pep Bruno
El primer cuento que conté en mi vida fue un cuento creado por mí. Desde esa primera vez, contar mis propios cuentos ha sido una cosa habitual. ¿Pero qué me impulsó a ello y por qué lo hago?
Al principio fue leer. Y después escribir. Pero siempre leer. De hecho sigo siendo sobre todo lector. Pienso que leer y después escribir me ha ayudado a sentir los hilos de las palabras, las voces de los narradores. Me ha hecho caminar con cautela por la senda de las palabras que tantas veces dicen más cosas de las que dicen.
Contar es también contarnos, decirnos. Y a veces me cuesta mucho encontrar las palabras adecuadas para contarme, para decir lo que soy y lo que digo. Lo que hago.
Quizás mi necesidad de encontrar las palabras adecuadas para contarme me empujara, sin yo ser muy consciente de ello, a contar mis propios cuentos. Ya que los propios cuentos al nacer de las yemas de nuestros dedos son parte de nosotros.
A la hora de contar cuentos propios, además de lo ya dicho, hay otras cuestiones que entran en juego.
1. Primero he de matizar que en todo caso hablo de contar cuentos, no contar anécdotas ni sucesos que nos han pasado. Creo que hay que ser lo suficientemente hábil para extrañar la realidad (nuestra propia realidad) y alejarnos de los hechos de los que partimos para crear una historia. Uno puede escribir un cuento sobre un huevo frito porque a su hijo le cuesta comer huevos fritos, pero el lector no tiene por qué “ver” ese origen, el cuento debe llegar a ser por sí mismo, desgajado, alejado del autor. Pero eso es entrar en materia de creación literaria y tal vez lo dejaremos para otro momento.
2. Veamos qué pasa con los cuentos escritos por mí y luego adaptados a la oralidad:
-Cuando un cuento queda escrito ya no es parte de ti. El cuento empieza a ser por sí mismo y a veces acaba por ser tan diferente de nosotros que nos cuesta reconocerlo. Por eso terminar un cuento es como embarcar y alejarse de una isla. El mar podrá volver a llevarte a esa isla y podrás reconocerla como un sitio cómodo donde habitar, pero también puede suceder que a tu vuelta el lugar sea hostil y lleno de inconvenientes para quedarse. Y esto sucede porque dejaste de ser autor y pasaste a ser lector, y como tal compartes las zozobras que todos los lectores tienen cuando avistan una isla.
-Cuando adapto un cuento para contar realizo un proceso creativo, sobre ese texto, en varios niveles. Un primer paso, deconstructivo, pretende desliteralizar el texto para luego, en un segundo paso, reconstruirlo acorde con el nuevo lenguaje en el que pervivirá, el oral. El proceso de oralización me asigna parte de autoría. Me obliga a respetar el texto del autor literario y, además, me obliga a acomodarlo al territorio de lo oral.
Cuando realizo este proceso con mis propios textos tengo que ser capaz de desdoblarme, verme desde los dos lados del espejo: ser autor literario y ser autor oral. A veces me siento con más libertad para desbrozar cuentos y volver a armarlos y otras veces ese proceso resulta muy doloroso. Y es que con el paso de los años me he dado cuenta de que hay cuentos que he escrito y que nunca podría contar, aunque otros narradores sí los contaran (por ejemplo, el cuento Atardeceres que quiere contar Virginia Imaz). Pero es lo mismo que me sucede con textos de otros autores que a veces he considerado que podría contar pero después de trabajar sobre ellos he sentido que iba a ser incapaz de contener ese cuento en mi versión oral.
Llegar a este punto en el que soy capaz de resignarme a no contar algunos de mis propios cuentos (aun cuando me resultan especialmente gratos) ha sido muy costoso. He tardado años en darme cuenta de que no tenía por qué obligarme a hacerlo.
3. En cuanto a los cuentos que creo oralmente. Suelen nacer directamente en el territorio de la oralidad y van tomando forma y puliéndose cada vez que los voy contando. Son ideales para las sesiones, y terribles a la hora de pasarlos al lenguaje literario. Suelen surgir en momentos de gran excitación y, generalmente, en plena actuación, pertenecen al ámbito de la improvisación y el recuerdo. Muchos de ellos los cuento una o dos veces, y se los lleva el viento. Pero otros muchos me acompañan durante años. O se separan de mí y vuelven al cabo de años desde otras voces (por ejemplo Superlapicero Oscuro y Carolina Gomadeborrar que siete años después de dejar de contarlo volvió a mí en un curso de narración oral donde Mario, uno de los asistentes, lo contó como ejemplo. Sentí como si el cuento, siete años después, viniera a hacerme una visita para decirme que seguía rodando de boca a oreja).
Cuando finalmente he oralizado un cuento propio, lo he probado y funciona, me suelo sentir muy seguro con él. Es un proceso de doble apropiación (literaria y oral). Me siento con total libertad para permitir el cambio y la evolución del cuento. Me siento instrumento pleno de ese cuento que me ha utilizado a mí para ser y para existir, para las dos cosas, y me dejo llevar continuamente por él.
Algunos de mis propios cuentos me han acompañado durante años, los habré contado cientos de veces, siguen rodando y siendo palabra viva.
4. Pero hay algo más. El público.
Un cuento oral sólo es cuando es contado. El hecho de contar tus propios cuentos a un público te da una gratificación enorme. Puedes ver cómo crece, cómo evoluciona, cómo sirve (sigue dando claves en las que conocernos, reconocernos), cómo vive en los otros. Contar y compartir ese tipo de cuentos es un hecho tan íntimo que, a veces, pensar sobre ello, me da vértigo. Es doblemente desnudarse.
Y, por el contrario, también es muy costoso cuando ves que un cuento tuyo no funciona contado. Es doloroso tener que desterrarlo sólo al territorio de la escritura (donde puede funcionar estupendamente). Aquí es donde veo más riesgo.
Muchos de los narradores que contamos cuentos propios corremos peligro justo aquí: a veces no somos capaces de valorar objetivamente si esos textos son válidos o no, si funcionan o no, si interesan o no, al otro 50% del hecho narrativo: el público. Empecinarse en contar un cuento propio a pesar de sus fracasos puede generar mucha frustración y, por qué no, problemas a la hora de seguir explorando la propia voz oral.
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