[publicado en Educación y Biblioteca, nº142, julio/agosto de 2004]

 

Pep Bruno

 

Hace unos diez años en Guadalajara, en la Biblioteca Pública del Estado, se iniciaba una actividad denominada “El viernes de los cuentos”. En sus inicios, el viernes de los cuentos consistía en abrir la biblioteca a las once de la noche un viernes de cada dos, la hemeroteca se transformaba en un gran círculo de sillas en cuyo centro ardía una queimada. La gente acudía allí para contar o escuchar cuentos, cada cual según su deseo.

La primera vez que se convocó esta actividad yo asistí con mi compañera. Recuerdo que era una época de sequía económica en casa y llevaba un par de años tratando de ganar dinerillo con concursos literarios (algo se hizo). Siempre había escrito, pero nunca tanto como aquella época. El caso es que cuando oímos lo del viernes de los cuentos nos pareció una propuesta estupenda (por fin cuentos sin ánimo de lucro, pensé) y allá fuimos.

Según escuchaba los cuentos que se contaban (preparados en muchos casos por los componentes del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara) recuerdo que me iban entrando más y más ganas de contar, hasta que no pude aguantarme y, sin saber en lo que me metía, me puse a contar un cuento que acababa de escribir. Nunca olvidaré ese cuento que desde entonces viaja conmigo y cuento en ocasiones especiales, La ola y la ráfaga. A la gente le gustó. Y a mí también. Contar los cuentos era muy distinto a escribirlos. Los cuentos contados, calientes como pan recién salido del horno, de boca a oreja, de ojo a ojo, de corazón a corazón, eran la palabra dicha. La palabra feliz. Pura palabra feliz.

Recuerdo que después de contar no se me quitó el hambre de seguir contando, al contrario, quise contar más. Esa misma noche improvisé sobre la marcha un segundo cuento. También fue muy divertido. Muy emocionante. Los cuentos contados siempre transitan por caminos de emoción.

Al terminar el viernes de los cuentos, ya tarde, se me acercó la bibliotecaria, Blanca Calvo, y me dijo algo así como ¿tú quién eres? Tras una breve charla me dijo que me pasara al día siguiente por la biblioteca y hablara con ella. Aquella noche fue el primer paso de un largo camino por el que sigo andando. Al día siguiente por la mañana Blanca me explicó qué era el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, quiénes eran sus componentes; también me habló de autores y libros imprescindibles que tenía que conocer y leer (esa misma mañana me llevé a casa un ejemplar de Gramática de la Fantasía, inencontrable por aquella época en las librerías); también me habló de Estrella y su inseparable bruja Rotundifolia, decana de los cuentistas y maestra del oficio, y me puso en contacto con ella. Y el resto fue llegando poco a poco: empezar a contar, y a leer, y a aprender, y a caminar por la palabra, la palabra dicha. Por la dicha de la palabra.

Esta pequeña historia es bastante significativa de mi trayectoria profesional, ya que el hecho de contar para mí, desde el principio, ha estado asociado a bibliotecas y bibliotecarias, y luego llegaron los institutos y los colegios, las asociaciones y las plazas de los pueblos, los bares y los teatros, pero como ya dije, eso fue luego. A veces pienso en todo lo que ha sucedido desde entonces y tengo la sensación de que han sido los cuentos quienes me han elegido a mí, no yo a ellos.

 

Contar cuentos se ha convertido poco a poco en mi profesión, de hecho gran parte del tiempo de mi vida lo dedico a contar, a buscar y preparar nuevos cuentos y a reflexionar sobre el hecho de contar. Cada sesión de cuentos es la primera vez (aun cuando esta última “primera vez” venga cargada de recursos que el oficio te va dando sesión tras sesión), siempre es algo distinto, inesperado, lleno de nuevas situaciones; esto convierte al hecho de contar en algo irrepetible, único, que sucede siempre de nuevo y de manera diferente, algo que transcurre pleno de libertad por caminos de emociones.

Organizo mis sesiones tratando de atender a varios parámetros: los colectivos con los que me voy a encontrar: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, mayores, mujeres, etc.; el contexto en el que va a desarrollarse la sesión (una biblioteca, un colegio, un bar, un teatro, una plaza...); y otros factores más íntimos que también influyen en la preparación de la sesión (mi estado de ánimo, mis últimas lecturas, la dinámica del grupo durante la sesión, etc.).

A la hora de contar nunca sé con exactitud qué cuentos voy a contar; antes de empezar decido los cuentos del principio de la sesión (los dos o tres primeros), su función será ayudarme a ver cómo reacciona el grupo y qué camino debo seguir durante la sesión, qué tipo de grupo es, qué centros de interés puedo suponer que tiene... así las cosas, cada sesión tiene una evolución propia.

En el hecho de contar para mí la preeminencia absoluta la tiene la voz, los cuentos transitan por las palabras y cualquier cosa que pueda despistar de esas palabras sobra. Yo no utilizo objetos, ni me disfrazo, ni pongo voces, ni actúo, trato de dejar todo el terreno para la voz. Sí hago algunos pequeños gestos de apoyo, pero son gestos nacidos desde la oralidad y que suman a la narración, aportando nuevas posibilidades al texto. También utilizo apoyo de algunas ilustraciones, a veces, y sólo cuando creo que son buenas ilustraciones que aportan al cuento que se está contando. Este recurso lo utilizo en las sesiones de niños, cuando ya llevan un rato escuchando cuentos y su capacidad de atención va menguando, es el momento de reforzar la palabra con buenas imágenes y ayudar a los niños para que escuchen también con los ojos.

Al final de las sesiones con niños suelo contar algún cuento participativo, cuento que implica la colaboración del público, suelen ser cuentos acumulativos en los que hay que repetir una sucesión de palabras o gestos. Siempre se trata de algo discreto que pueden hacer sin levantarse de la silla ni armar alboroto ni romper ese espacio de intimidad que se ha creado alrededor de las palabras.

En las sesiones de adultos no utilizo ni apoyo ilustración ni cuentos participativos, me centro en la palabra y en los cuentos. Además de estos dos elementos imprescindibles (la palabra y el cuento) hay un tercero que me interesa mucho, se trata de toda la parte de improvisación: los errores creativos, las variantes de los cuentos que surgen de manera inesperada, los previos a los cuentos, lo que muchas veces dices sin antes haber pensado/preparado antes... y también toda la interacción con el público, las provocaciones y los “enganchones” que puedo tener y que aprovecho para estar constantemente jugando con quienes están escuchando los cuentos. Para mí esta variable creativa es lo que nos entronca con toda la tradición de trovadores, juglares, cuentacuentos, charlatanes... y me interesa explorar por esos caminos tan inciertos y enriquecedores. Por cierto, no me suelo olvidar siempre de citar al menos uno o dos libros en todas las sesiones de cuentos para adultos.

En este oficio nuestro que parece que todavía estamos reinventando el repertorio aparece como uno de los ejes imprescindibles: un cuentacuentos profesional debe saber un buen número de cuentos. Además, entre nosotros los cuentistas suele haber respeto por el repertorio de los otros, no se copian ni se cuentan los cuentos que los otros han encontrado y han hecho suyos: no se consigue el pan con el trabajo de los otros.

 

En cuanto a mi participación en algunas experiencias significativas relacionadas con la oralidad y con la animación a la lectura, sin lugar a dudas la más emocionante para mí ha sido el Maratón de los Cuentos de Guadalajara, sobre todo los siete u ocho años en los que participé activamente (hace un par de años que dejé de estar en la organización del Maratón, soy un colaborador más en esos días enloquecidos). Pero he vivido otras experiencias muy interesantes. Para mí la más emocionante sin duda fue la realizada con seis bibliotecas de la provincia de Guadalajara (Azuqueca, Yunquera, El Casar, Brihuega, Humanes y Marchamalo), la actividad se denominaba “Las rutas imaginarias del Quijote” y movilizó a mucha gente de todos esos pueblos, fueron seis meses de trabajo, fiesta y lectura, mucha lectura del Quijote. Recuerdo que coincidió con el club de lectura del Quijote que llevaba en la Biblioteca de Guadalajara, otra actividad que rememoro con mucha emoción. Pero hay más: el Maratón de Cuentos de Canarias, las campañas de animación a la lectura en Las Rozas, la guía de animación de Castilla La Mancha, las Bibliotecas madrileñas por la convivencia, las gymkanas inspiradas en libros y cuentos (la última, realizada en el colegio de mis hijos con madres y maestras muy entusiastas, hizo que se agotaran los libros de Arnold Lobel en todas las librerías de Guadalajara), y más, muchas actividades más. En la actualidad estoy colaborando con unas bibliotecarias de pueblos muy pequeños de la Serranía de Cuenca, probando una experiencia denominada “La liga de los libros”.

Todas estas actividades sólo buscan una cosa, que quienes participen lean más, que en ellos despierte el apetito por los libros y las historias, que las palabras y los sueños de los otros nos ayuden a ser mejores y más libres. Yo creo que sólo siendo lector se puede transmitir ese placer por la lectura y, humildemente, yo me considero un lector, disfruto con los libros, de hecho los buenos libros y las buenas historias forman parte de mi vida, de mi memoria vital.

Me importa mucho, además de toda esta práctica continuada, la demora y la reflexión, la formación y la teoría. Creo que hay que seguir creciendo por dentro, en nuestro oficio no puede ser todo acción, sólo acción: es imprescindible detenerse, pararse a mirar, pensar en lo que ha sucedido, cerrar los ojos y recordar las emociones de nuevo, revisar textos, seguir buscando nuevas historias... el momento de contar tiene que estar respaldado por muchas horas de “trabajo de cocina” previo, muchas horas de lectura y escritura, muchas horas de camino solitario, hondo e interior.

Para mí contar sigue siendo un placer, pero al ser también mi oficio se ha convertido en muchas otras cosas más: kilómetros, libros, lecturas, libros, repertorios, libros, formación, libros... y palabras. Siempre palabras. Siempre caminos de palabras que son dichas, que son dicha.

 

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