Introducción

Cada vez resulta más común que haya actividades programadas en las que niños y niñas cuentan cuentos en un escenario (a otros niños, a un público familiar, a un gran grupo escolar…), me refiero, por ejemplo, a celebraciones del Día del Libro, maratones de cuentos, festivales escolares, etc. En estas ocasiones no es raro (más bien es muy habitual) encontrarse con grupos de niños dramatizando cuentos (chiquillería disfrazada, tramoya, un adulto apuntando líneas de texto, etc.) o contando cuentos en grupo (diciendo cada uno una frase, por ejemplo) o directamente leyendo; y, por el contrario, resulta difícil ver a un niño, a una niña, sencillamente, contando un cuento.

En mi opinión esto puede convertirse en un arma de doble filo y, una actividad que pretende celebrar la palabra dicha, puede acabar resultando algo que vaya en su contra, no sólo restándole brillo o confundiendo sobre lo que en verdad es, sino cargándolo de aspectos negativos.

 

Qué problemas plantean estos eventos

Veamos primero qué problemas suelen plantear estas actividades.

Por un lado es fácil que en esos grandes eventos se celebren en espacios grandes. Hay lugares diseñados para poder hablar y escuchar (como un teatro, por ejemplo), pero no son pocas las ocasiones en las que estas celebraciones se realizan en gimnasios escolares, polideportivos, salas multiusos o, incluso, el recibidor de un edificio (el hall del colegio), espacios todos ellos feos, en ocasiones con muchas incomodidades (zonas de paso, público sentado en el suelo, elementos de distracción –puertas cerca del escenario, colchonetas y otros recursos deportivos, ventanas, espejos…–, etc.) y, lo que es peor, con una acústica deleznable. 

Por otro lado el público asistente es muy variado y, como he contado en muchas ocasiones (por ejemplo aquí) la capacidad de escucha activa varía mucho por edades (¡y no sólo por edades!), así pues en un evento de cuentos en el que está toda una escuela podemos encontrar a niños y niñas de 3 a 12 años escuchando juntos. Por eso si una fiesta de los cuentos contados se va a alargar (y va a durar, por ejemplo, más de 40 minutos) necesitamos una estrategia para que el público pueda disfrutar de la actividad, no cansarse y ponerse a molestar y despistar a niños mayores.

La duración puede ser un problema que va a afectar también a la selección de los cuentos que vayamos a contar: porque obviamente los tres o cuatro primeros cuentos van a encontrar a un público fresco, pero a partir de ahí vamos a ir necesitando cuentos que mantengan la atención del público en condiciones cada vez más difíciles. Por eso es importante contar con buenos cuentos, cuentos poderosos. Y esto en no pocas ocasiones está reñido con el uso instrumental del cuento que tan habitualmente se hace en la escuela: el camino que lleva más rápido al olvido de los cuentos contados está lleno de buenas intenciones. Es decir, puesto que es una actividad de cuentos contados, busquemos buenos cuentos para contar, para escuchar, y no cuentos que sirvan para reforzar un proyecto o un tema concreto que estemos trabajando esos días en el aula (la amistad, la paz, el agua, la solidaridad, el árbol…). Más adelante retomo este tema.

Por último nos encontramos con otro hándicap: los grupos que cuentan. En muchos de estos eventos se intenta que sea toda la clase la que participe en la narración del cuento, y por eso suben a escena nutridos grupos de alumnos para contar una misma historia. Y para resolver el dilema que esto plantea pues se acaba dramatizando la histora, o troceando el cuento para que cada uno diga una frase, o propuestas similares. Y esto, en mi opinión, se aleja bastante de lo que es la experiencia de contar y escuchar historias. 

 

¿Y todo esto qué implica?

La suma de todos estos problemas puede desembocar en una situación contraria a la inicialmente prevista: pasar de una celebración de los cuentos contados a “qué rollo son los cuentos”. Sí, ir a escuchar cuentos en unas malas condiciones, incómodos, con una mala acústica, con distracciones que no nos sacan del cuento continuamente, con textos largos y troceados de manera que resulte difícil seguir la historia, con dramatizaciones o con grupos diciendo cada uno una frase (siempre que no haya quien se olvide de su parte)… no parece una buena idea. Es más, insisto: puede reforzar la idea de que los cuentos contados son eso (que hemos padecido). Y, por lo tanto, pueden ser una invitación a no ir a escuchar o a contar cuentos de nuevo o a desterrar esta actividad del aula o de la biblioteca.

 

UNA PROPUESTA

Ante estos problemas planteo una propuesta.

Empecemos por el principio. Para contar cuentos básicamente hace falta un lugar donde contar y escuchar, una persona que cuente, una persona que escuche y una historia para ser contada. No son muchos los elementos en juego, así pues, tratemos de cuidarlos todos.

 

Los cuentistas

Esto que te cuento ahora es una propuesta para poder desarrollar una actividad similar a un pequeño maratón de cuentos en un colegio o una biblioteca, por ejemplo. Supongamos que para celebrar el 20 de marzo, el Día Mundial de la Narración Oral, queremos que los niños y niñas del colegio (o de un nivel o un ciclo) o de los clubes de lectura de la biblioteca cuenten cuentos en un escenario a todo el grupo. Para no resultar lioso el ejemplo voy a centrarme en un colegio (pero obviamente se podría hacer igual en una biblioteca).

Así las cosas, hay que preparar algún cuento (o algunos cuentos) por clase para el día del maratoncito de cuentos en el colegio.

En ese caso os propongo que, en vez de buscar un cuento para que pueda contar toda la clase (troceando el texto o dramatizándolo), os animéis a organizar durante las semanas de antes una pequeña muestra de cuentos contados en el aula. Me explico.

(1) Dar con el cuento

Pidamos a nuestros niños y niñas que, cada uno, busque un cuento para contar: que pregunte en casa, que busque en alguna colección de cuentos populares, etc. Pongamos un plazo para esto (una semana, por ejemplo), recordémoslo todos los días; facilitemos colecciones de cuentos populares para que puedan buscar el cuento para contar (luego os hablo con más detalle de eso); ayudemos a resolver dudas, etc.

Todo resulta mucho más fácil si el profesor, la profesora, tiene el hábito de contar algún cuento cada semana (ojo, no de leer en voz alta: de contar) y, por lo tanto, el alumnado ya tiene un modelo y una idea de qué es eso de contar y escuchar. Sí, habéis leído bien, y no estoy hablando del profesorado de Educación Infantil, estoy hablando de los profesores y profesoras de E. Primaria y de Secundaria. Hay tantos cuentos maravillosos, mitos, leyendas urbanas… para contar a los chavales que resulta sorprendente dejar de lado este tesoro. Y esta actividad no restará más de cinco minutos a la semana en el aula.

Prosigamos. Decíamos que habíamos dejado un plazo para que cada niño pudiera buscar y preparar un cuento para contar. 

(2) Muestra en el aula

El segundo paso consistiría en que, a lo largo de las siguientes semanas, cada día un alumno (o varios, lo que consideremos) saliera a la palestra a contar su cuento. Así hasta que pasen todos.

Cada vez que se haya contado un cuento hemos de dedicar un par de minutos a pensar o hablar sobre ello. Se puede hacer de manera asamblearia o se puede pedir a cada niño, a cada niña, que anote en su cuadernillo una breve evaluación de lo que van viendo y escuchando, lo más alejado posible a una ficha para entregar, pues se trata de un momento para pensar en lo escuchado y vivido. Si queréis se les puede dar algunas pautas del tipo:

–Sobre el cuento: ¿qué cuento era?, me ha gustado, me ha sorprendido, me ha divertido, me ha asustado… Y, sobre todo, ¿por qué?

–Sobre la forma de contarlo: me ha resultado entretenido, se me pasó volando, me perdí un poco, quiero que cuente más… ¿por qué?

–En general te ha parecido: chulo, muy chulo, la leche en bote, impresionante, no me quiero ir de ese cuento… ¿por qué?

Esto pretende, insisto, reflexionar sobre lo escuchado y vivido, pues hacerlo nos ayuda también a entender lo que hacemos nosotros (bien o mal) cuando contamos y a preparar nuestro cuento. No se trata de decir “mi amigo qué bien cuenta” o “me ha encantado” y ya. Lo interesante es dedicar un par de minutos a pensar sobre el cuento que nos han contado, cómo lo han hecho y por qué me ha gustado o no; y así, de una manera tan sencilla, los chavales ahondan en la experiencia oral y, sobre todo, cultivan una mirada/escucha crítica.

Me gusta la idea de un pequeño cuadernito o unas hojas dedicadas a tomar nota de lo que contaron los compañeros (Juan contó tal cuento y me gustó por esto y por esto otro), además creo que es importante que quede constancia escrita porque de esta manera será más fácil comparar y decidir.

(3) los cuentistas de la clase

Una vez hayan pasado todos, si hubo alguno al que le salió muy mal y quiere volver a contar, yo daría una nueva oportunidad a esos casos puntuales.

Y, a partir de aquí, hay varias opciones. 

(1) Podemos debatir en clase cuáles son los cuentos/cuentistas que más nos gustaron/emocionaron/conquistaron… y elegir casi de forma asamblearia dos (o cuatro) cuentistas que representen a la clase (hablo de un número par para facilitar la paridad). Teniendo las notas delante es más fácil para los niños comparar y unos y otros y decidir.

(2) Otra opción es que cada niño, atendiendo a sus apuntes, vote a los tres que más le gustaron y que luego los dos más votados (o los cuatro) sean los representantes de los cuentistas. En este caso hay que elegir al más votado de los chicos y a la más votada de las chicas (o a los dos más votados de cada).

(3) Una tercera opción (que no me interesa especialmente pero que igualmente la señalo) sería que junto con las notas cada niño indicara su nivel de satisfacción con el cuento contado (del 1 al 10) en cada caso y luego, sumando todos, sabríamos cuáles son los que más han gustado.

(4) Una última posibilidad sería recoger los cuadernitos y, atendiendo a las notas del alumnado, que el profesor elija a los dos/cuatro cuentistas.

En fin, que hay muchas opciones. 

Lo importante es que una vez hayan pasado todos por el estrado el grupo pueda elegir a los cuentistas que en esa actividad (o a lo largo del curso, por ejemplo) representen al aula. 

(4) el día de los cuentos contados

Y cuando por fin llegue el día en el que varias clases se reúnen para escuchar cuentos, pues no son grupos enteros los que van subiendo al escenario a contar, sino que van subiendo los representantes de cada clase, que serán los que cuenten. Cada uno contará su cuentecito. Ojo, en este punto hay que tener en cuenta que sería bueno conocer los repertorios de antemano no vaya a ser que haya cuentos que se repitan. En ese caso habría que tener tiempo para preparar nuevos cuentos.

Seguramente el grupo animará a sus representantes, sí, como si se tratara de una especie de competición. Pero no lo es. Es una celebración del cuento contado, y no sólo nos vamos a encontrar con gente contando y escuchando, sino que ese grupo, tras unas semanas pensando sobre lo contado y sobre lo escuchado, tendrá una escucha más afinada y atenderá a los cuentos con un criterio más cultivado. Qué más se puede pedir.

De esta manera descartamos la opción de un gran grupo contando, pensadlo: no es algo habitual en la tradición oral, no es normal que un gran grupo cuente una historia troceándola o dramatizándola, lo normal es que una persona cuente y un grupo escuche. Y al hacerlo de esta manera todos han contado, todos han escuchado, todos han pensado sobre el hecho oral y todos han decidido quiénes les van a representar en la muestra.

Más a tener en cuenta:

 

Los cuentos

Este detalle no es baladí. Si vamos a celebrar el cuento contado, además de todas las cuestiones relativas al hecho de contarlo, es importante que elijamos un buen cuento. Hay miles de cuentos listos para ser contados, cuentos que han ido rodando de boca a oreja durante generaciones, son los cuentos populares. Buscad los buenos viejos cuentos de la tradición de viva voz (en casa, en el pueblo) o en colecciones que los recopilan.

Dejad a un lado los cuentos instrumentales, los cuentos “para”. Es decir, olvidad los cuentos que os van a servir para trabajar valores, emociones, ecología y otros rollos de eso. Esos cuentos los podéis usar en otros momentos, para esta actividad buscad cuentos que supongan una experiencia distinta, un viaje a caballo de la palabra dicha. 

Ojo porque este asunto de los cuentos “para” y los libros “para” están acabando con la curiosidad y el disfrute (de escuchar y de leer). Muchas veces los libros que tocan temas que nos interesan para trabajar en el aula cargan tanto las tintas en lo educativo que descuidan lo literario y lo desdibujan hasta dejarlo en apenas nada. Muchos niños acaban pensando que la literatura es ese rollo que les vamos dando a leer y que no les interesa nada: cuántos libros para trabajar las emociones que no les emocionan nada… Así, cuando luego les pedimos que lean, no muestran ningún interés. 

Insisto, esto está pasando con la lectura y también con la narración.

Volviendo a nuestra propuesta. A los cuentistas elegidos se les puede dejar que sean ellos los que elijan el o los cuentos para contar, pero también se puede decidir entre toda la clase qué cuentos van a contar en el festival. Esta es otra variante bien interesante, porque una vez que ya hemos elegido a los cuentistas se podría dejar ya sin más la actividad o se podría dar una vuelta por este otro camino que significaría de nuevo trabajar todos juntos (por grupos o cada uno solo) buscando algunos cuentos para que sean contados.

Como os podéis imaginar a mí me encantaría seguir trabajando en la búsqueda de los cuentos para contar. Me puedo imaginar a los chavales hojeando y leyendo algunas colecciones de cuentos (o algunos cuentos o selección de cuentos), preferentemente populares, para decidir entre toda la clase qué cuentos van a contar sus representantes.

Si decidís tomar este camino quizás os venga bien una ayudita. Aquí va.

 

Algo de bibliografía

Por si os resulta de utilidad aquí os dejo una bibliografía personal y comentada sobre colecciones de cuentos tradicionales (que voy ampliando semana a semana a lo largo del curso 2019/20).

También os dejo el enlace a Contar, este libro es una mezcla de libro informativo y manual que explica a niños y niñas (y a adultos) cómo preparar cuentos para contarlos. Echad un vistazo a las reseñas que han ido publicando, o mejor aún, echad un vistazo al libro, estoy seguro que os va a resultar de mucha utilidad.

Y por último, para los más mayorcitos, aquí os dejo el enlace a En busca de los tres reyes animales, un libro para explicar a los chavales en qué consiste la tradición oral.

 

El lugar, el público

Antes de terminar, unas breves notas sobre esto también. 

Aunque sea un evento con numeroso público hay que intentar cuidar esos pequeños detalles que hacen que los cuentos sucedan de la mejor manera posible. Necesitamos un sitio donde estar cómodos, que se escuche bien, que nos permita centrarnos en la historia que se nos narra, donde veamos al cuetista y no hay elementos de distracción (como un grupo esperando para entrar al lado del escenario siendo colocado por el profesor, gente que entra y sale de la sala en cualquier momento, etc.

Obviamente lo ideal son los teatros (municipales, escolares…) aunque a veces hay rincones muy confortables y tranquilos en patios, parques, etc. 

Es fundamental que se escuche bien. Parece de perogrullo pero ocurre en muchas ocasiones que se celebran eventos así en gimnasios, polideportivos, recibidores de colegios… sitios con una acústica nefasta: ¿tiene esto sentido? En mi opinión, ninguno. Necesitamos poder contar y ser escuchados, es el principio básico de la narración oral.

Y si no disponemos de sitios grandes con buena acústica pues la solución será partir el grupo y hacer dos o tres veces la actividad con grupos más pequeños en salas en las que, entonces sí, puedan caber y, sobre todo, haya buena acústica.

Los niños han de estar cómodos: no hay nada más cómodo que la silla, sí, es mucho mejor que estar sentado en el suelo o en una colchoneta. Esa idea bucólica de sentarse en el suelo, en fin, desterradla, porque al ratito los chavales están cansados y se van moviendo, tumbando, apoyándose en los otros (y molestando). No pongáis trabas a vuestra propia actividad, sed cuidadosos.

Otras cosas básicas: la puerta de acceso ha de estar detrás del público, no debe haber ventanas ni zonas de paso cerca del escenario que puedan despistarnos, etc. 

En cuanto al público: recordad que no escucha de igual manera un niño de tres, que uno de siete que uno de doce. Así pues, si hay niños muy pequeños, tenedlo en cuenta y preparad cuentos más cortos y que la actividad dure menos (al menos para ellos). Hablo sobre esta cuestión en esta ficha sobre funciones familiares, por si queréis echar un vistazo.

 

Coda final: Trabajar la oralidad en el aula

Además de todo lo que os he ido contando (y ya para ir terminando que esto va siendo largo), os enlazo este rincón de recursos para trabajar la oral en el aula que hemos preparado en la web de AEDA.

 

Y esta es la propuesta para que vuestros niños y niñas se acerquen y disfruten de los cuentos contados de una manera sencilla. Como en otras ocasiones, ya sabéis, podéis darle las vueltas que queráis y adaptarlo a vuestro entorno o a vuestro grupo de chavales, lo importante es que contar y escuchar cuentos sea una experiencia feliz.

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