pepbruno.com pepbruno.com Pep Bruno

Fue Carles quien me recomendó este libro. Estábamos en Lausanna, en Suiza, asistiendo al II Encuentro de Narradores Europeo. En un descanso hablamos de libros y Carles no dejó de recomendarme encarecidamente éste. Así pues lo primero que hice en cuanto llegué a España fue comprarlo y leerlo. Y qué bien. Ha sido una lectura feliz, rápida y emocionante. Casualmente se trata de otro libro de género epistolar (como Los idus de marzo) y me recordó (tanto por el género como por la ambientación) al libro de Helen Hanff 84, Charing Cross Road (en Anagrama). Se trata de una lectura engañosa: parece una historia simple pero está llena de muchas pequeñas historias con matices y, además, el recurso de las cartas permite ahondar en el alma de los muchos protagonistas (es sin una de estas novelas que llaman coral) sin perderse y disfrutando de la lectura. Me encantó, desde luego, así que te la recomiendo.

 

Para leer el post que escribí en ElDecano.es sobre este libro, pinchar en leer más.

 

Novela -- adultos

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Una de cartas y libros

Escrito por: pepbruno - 19 Octubre 2009 (523 vistas)

 

Uno echa de menos recibir una carta postal que no sea una notificación del banco, o de Hacienda, o la vida laboral que tan puntualmente envía el Ministerio de Trabajo todos los años, o la nota de la gestoría avisando de que el trimestre ha terminado, o una multa despistada. Sí, hace ya años que no recibo una carta manuscrita que nada tenga que ver con el peculio o el engranaje socioeconómico del día a día; hablo de una de esas cartas demoradas cuya génesis puede uno imaginar en un paseo entre las catalpas o en el rítmico movimiento de una mecedora frente a la televisión apagada, y cuyo nacimiento sucediera en una pequeña mesa junto a una ventana lánguidamente iluminada por el atardecer de otoño.
Me refiero a una de esas cartas manuscritas en las que la pluma, el bolígrafo o el lápiz se ha detenido a veces por la búsqueda de la precisa palabra para terminar una frase o para dibujar una idea. Nada que ver con la urgencia de los emails y la velocidad de los chats, espacios donde el tropel de palabras fagocita hasta sus propias letras.
Yo hablo de una de esas cartas, de esas, cartas de papel y tinta, cartas cargadas de emoción.

Quizás esta nostalgia me haya sobrevenido porque acabo de terminar un libro excelente: La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, de Mary Ann Shaffer Annie Barrows, en RBA; un libro que pertenece al género epistolar, lo que implica que su lectura avanza a través de las cartas que diversos personajes intercambian. Sucede además que este libro está ambientado en las postrimerías de la II Guerra Mundial. Y claro, libro llama a libro, digo esto porque por similitudes obvias éste me recordó a otro libro que leí no hace mucho, también estupendo, 84, Charing Cross Road, de Helen Hanff, en Anagrama. También del género epistolar y también ambientado en las mismas fechas.
Pero ahora que lo pienso, hay más libros de dicho género que recuerdo con cariño: Los idus de marzo, de Thornton Wilder (Edhasa), o Las penas del joven Werther, de Goethe. Hay más, pero especialmente estos dos los recuerdo con verdadera delectación.
Guardo en la cámara de casa cuatro cajas de zapatos llenas de cartas que recibí entre los diez y los venticinco años. No todas son de amor, faltaría, muchas son de amigos y amigas con los que intercambié misivas y a los que no he vuelto a ver. Otras muchas son de amigos y amigas con los que sigo manteniendo contacto a través de email, aunque siento que las palabras de email son frías, muchas veces, hueras y siempre insípidas. 
A partir de los venticinco años lo más personal que ha llegado al buzón de mi casa ha sido alguna postal proveniente de lugares recónditos. Después las postales se fueron espaciando y dieron paso a las notificaciones bancarias, a los emails y a la publicidad vehemente.
Y ahora me doy cuenta de que lo que yo quiero es volver a recibir alguna carta de las otras, de las demoradas, de las de papel impreso, de las que te traen, además de palabras que saben, que huelen, que te tocan, un regalo de tiempo y una promesa de sueño.

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