pepbruno.com pepbruno.com Pep Bruno

En junio de 2017 se publicó en la revista La palabra en escena de San Luis (Argentina) un artículo con este mismo título pero que era una versión reducida del texto que aquí presento (por cuestiones de espacio en la revista tuve que acortarlo, es una revista en papel). Más información sobre esta revista y el festival que la acoge. Publico el artículo en mi web con la extensión original.

 

CONTAR A ADOLESCENTES

“La narración oral crea un espacio de opinión, expresión y debate, además de generar espacios de divertimento y reflexión.
Creo firmemente que la narración es uno de los vehículos adecuados para que los jóvenes puedan canalizar sus
inquietudes y sus dudas y así intentar crear una sociedad más preparada y por lo tanto más feliz.”
José Manuel Garzón en “La narración oral y los jóvenes

 

La primera vez que conté cuentos durante una hora fue delante de un grupo de alumnos de secundaria. De esto hace hace ya veintitrés años. Desde entonces contar cuentos se ha convertido en mi modo de vida y este largo camino de palabra me ha llevado a contar historias a públicos de todas las edades y de colectivos bien diferentes, pero siempre ha sido para mí una fiesta volver a contar a chavales de secundaria. Siempre.

El público adolescente plantea algunas cuestiones bien interesantes a la hora de contar, y sobre ello hablo (aunque someramente) en este artículo.

 

Público cautivo

En primer lugar este público en la mayoría de los casos suele ser lo que denominamos “público cautivo”, alumnos y alumnas de secundaria que vienen a escuchar cuentos dentro de su horario escolar como una actividad programada por el centro educativo: no tienen escapatoria, es público cautivo. 

A lo largo de todos estos años sólo he estado en dos lugares donde no haya sido así, donde se ha programado un espectáculo de cuentos para jóvenes y estos han venido motu proprio. El primero de ellos ha sido en Puerto Lápice (lo cito en los primeros párrafos de este post) y el otro en Azuqueca de Henares, donde desde hace varios años estamos llevando a cabo un proyecto con adolescentes denominado Pasaporte Cultural en el que la narración oral es parte importante (Mar Gutiérrez lo cuenta con todo detalle en este artículo: El poder transformador de los cuentos) y que ha conseguido que haya un público joven y nutrido para los espectáculos de narración del municipio, es más, hay incluso chavales que se reúnen una vez al mes para contar a otros chavales (leed el artículo, os va a encantar).

Pero habitualmente, insisto, es público cautivo, chavales que en horario lectivo tienen una actividad diferente a la clase en el aula, que se supone que es de su interés y que resulta pedagógica. 

En muchas de estas funciones los chavales saben a qué van: ha habido un trabajo previo en el aula (se ha hablado sobre narración y tradición oral, se ha buscado información sobre el cuentista…) o, mejor aún, no es la primera vez que van a asistir a un espectáculo de cuentos contados en el instituto (y hasta puede que lo esperen con entusiasmo). 

Hay también ocasiones en el que el grupo de chavales llega al aula (o al espacio dispuesto para que se cuente) y no sabe muy bien qué va a haber. Esto, más allá de la responsabilidad de los profesores encargados de dar a conocer y preparar la actividad, plantea dificultades añadidas a la función de cuentos: hay que ganarse a un público que no sabía a qué venía o que, directamente, venía sin gana ninguna de venir, o que cuando llega y oye hablar de cuentos piensa que “eso es cosa de niños pequeños” y toma una actitud de rechazo.

Para ganarse a este público desafecto creo que son fundamentales los primeros minutos del espectáculo, en ese pequeño margen de tiempo hemos de sentar las bases de todo lo que va a suceder en el espectáculo y hemos de fijar las reglas del juego: yo voy a contar algo que os va a interesar y necesito que vosotros escuchéis atenta y activamente; yo voy a ser honesto con vosotros y os voy a tratar con todo el respeto y voy a exigir lo mismo por vuestra parte. Y esto no creo que debamos hacerlo de manera explícita (por ejemplo diciendo “portaos bien que os va a gustar”), no, pienso que los primeros minutos han de ser lo suficientemente potentes y han de estar tan cercanos a sus centros de interés que logren captar la atención, desde las primeras frases. Por lo tanto hemos de aprovechar esos minutos en silencio (por cortesía, por educación, por curiosidad...) al principio para que nos escuchen y entren en el cuento (y decidan quedarse en él).

 

Algo sobre la disposición

A la hora de contar a grupos que están en horario lectivo (ya sean de secundaria o de primaria) es conveniente tener en cuenta algunas cosas sobre el lugar donde se cuenta que paso a citar brevemente.

En primer lugar siempre es bueno disponer de espacios preparados para contar, espacios escénicos o, en su defecto, aulas dispuestas como tales: con un escenario (una pequeña tarima de 20 cms. de alto puede ser suficiente para grupos reducidos) con un fondo limpio (que no haga “ruido”) y sillas suficientes para todo el público, colocadas de manera que te puedan ver y escuchar sin problemas. La puerta debe estar detrás del público, y si hay ventanas que puedan llamar la atención deben estar cerradas o tapadas. Ha de haber al menos pasillos a ambos lados del patio de butacas. Obviamente la sala ha de ser cómoda (con temperatura adecuada) y, fundamental, ha de tener buena acústica.

Si hay grupos complicados (a veces ocurre que los profesores te avisan de que “viene un grupo complicado”) es bueno comentar a los profesores que separen a los grupitos más difíciles (a veces hay una pandilla de cinco o seis amigos que son algo más tarambanas, basta con que no se sienten juntos).

El lugar de los profesores no es al final de la sala, ellos deben sentarse en los pasillos laterales a lo largo de todo el patio de butacas, si vienen cuatro clases debe haber dos profesores en cada pasillo, uno más adelante y otro más atrás, así desde ahí pueden seguir cómodamente el espectáculo y también pueden ver a sus alumnos: si están interesados, si lo están disfrutando, si alguno tiene algún problema… No hace falta recordar que para ellos esta es una actividad lectiva y, por lo tanto, están trabajando.

 

Centros de interés: variedad en ese tramo de edad

Al final del primer punto (“Público cautivo”) hablaba sobre los centros de interés. Esta es una de las cuestiones más relevantes que plantea este público: la adolescencia abarca unos años convulsos y son muchos y variados los temas que les interesan (y que les dejan de interesar) a lo largo de ese tiempo.

Es bueno conocer a este público (en realidad es bueno conocer a todos los públicos y saber cuáles son, más o menos, los centros de interés que puede tener cada uno de ellos), pero también es bueno saber que el público no es uno, son muchas personas que también tienen, de manera individual, sus propios centros de interés.

Conocer los centros de interés nos permitirá elegir y preparar historias de nuestro repertorio para contar a cada edad. Hay unos centros de interés personales que difícilmente podremos saber (por ejemplo, puede que haya chavales a los que le gusta la filatelia, o los cómics…), otros que posiblemente podremos intuir (no es muy fácil sospechar que a la gran mayoría de chavales les interesarán la tecnología, el fútbol…) y otros que podemos saber casi con certeza, en esos hemos de apoyarnos; por ejemplo, en la adolescencia el grupo de amigos toma gran relevancia, ya tenemos ahí un centro de interés; y al igual que la amistad hay otros temas que también les interesan mucho como el miedo o el sexo, por ejemplo.

Dicho todo esto es importante tener en cuenta que en esta franja de edad podemos encontrar también muchas diferencias entre unas edades y otras o incluso entre un género y otro (aunque sean de la misma edad). En este sentido siempre cuento algo que hacía para terminar las funciones de secundaria hace años: después de contar algunos cuentos y cuando apenas quedaban ya unos pocos minutos para terminar la función ofrecía al público la posibilidad de contar un cuento sobre el tema que quisieran (siempre que no hubiera salido ya en los cuentos anteriores); no es que yo supiera muchos cuentos más, era más sencillo, yo sólo sabía dos cuentos más, si los chavales eran de primero o segundo de ESO, siempre pedían un cuento de miedo, si eran de tercero o cuarto de ESO, siempre pedían un cuento de sexo. Durante los años que hice eso apenas hubo alguna función (desde luego se podrían contar con los dedos de una mano) donde la petición no fuera como la tenía prevista.

 

Estilo y voz narradora

Me interesa mucho dedicar un pequeño epígrafe al “desde dónde” y al “cómo” contamos para este público. En ocasiones he visto a algún artista tratando de conectar con los adolescentes como si fuera uno de ellos, utilizando un lenguaje que podríamos considerar jerga juvenil o, peor aún, un lenguaje burdo, facilón, como si fueran “colegas”. Pienso que quienes así actúan lo hacen con la intención de establecer una complicidad desde las formas y no desde el fondo. A mí esto no me interesa, no creo que debamos rebajar el lenguaje o asumir un rol de adolescente tratando de ser “uno entre iguales”, porque no lo somos: uno viene a contar y los otros a escuchar, uno cobrará por ello y los otros pagarán… hay muchas diferencias y hemos de ser conscientes de ellas, pero ojo, no creo que esto implique marcar una distancia con respecto al público.

Pienso que para establecer una complicidad con el público (sea cual sea éste: infantil, primaria, jóvenes, adultos…) debemos hacerlo desde la honestidad de nuestro trabajo: buenos textos y bien contados, así de sencillo (y así de complicado). Eso es percibido por el público como una muestra de respeto por nuestra parte y es el buen camino (insisto, desde mi punto de vista) para establecer complicidades. 

Por eso es fundamental dedicar tanto tiempo a la “cocina” del cuentista, la búsqueda, selección, elaboración y preparación de buenas historias. Y por eso es fundamental cuidar el cómo contamos esos buenos materiales. Personalmente soy muy cuidadoso con el lenguaje, trato de utilizar un lenguaje rico que aporte color a la narración (suelo hacerlo con todos los públicos, pero especialmente con secundaria).

Un detalle también interesante es que normalmente los cuentos se cuentan en tercera persona: un narrador omnisciente va contando lo que sucede y lo que los personajes sienten y hacen. Sin embargo hace años que soy consciente de que los espectáculos de narración para adolescentes funcionan muy bien también en primera persona, es por una pura cuestión de verosimilitud: como ya dije antes suele haber un rechazo a los cuentos (“son cosas de niños”, de esa infancia que ellos están abandonando) y empezar a contar desde la primera persona como si fuera algo vivido por quien cuenta les facilita entrar en el cuento, dejarse engañar.

Contar en primera persona puede ser confundido con hacer un monólogo (en el sentido del stand up comedy tan de moda actualmente) y nada más lejos de la realidad. Los monólogos son eso, monólogos, mientras que los cuentos se articulan porque se establece un diálogo entre narrador y público (diálogo que se retroalimenta continuamente: ya sea con intervenciones del público ya sea de manera más indirecta, haciendo que el cuentista vaya tomando decisiones con respecto al texto contado en función de cómo percibe la recepción del público). 

 

De los espectáculos: preparación previa y reflexión posterior

Por último, y brevemente, me gustaría hablar sobre los espectáculos de narración para este público, tanto de la preparación previa como de la reflexión posterior. 

Como es conocido son tres los tipos de textos que utilizamos para la preparación de cualquier espectáculo: tradicionales, de autor y textos propios. 

En los diversos espectáculos para público juvenil que he tenido o tengo vivos en mi repertorio he utilizado los tres tipos de cuentos, además repartidos básicamente de la siguiente manera: búsqueda cuentos de miedo entre los textos de autor, búsqueda de cuentos eróticos entre los textos de tradición y elaboración de cuentos propios para textos de humor y marcos narrativos. Bueno, no es todo tan “redondo”: también leí muchas recopilaciones de leyendas urbanas (que forman parte de la tradición oral) para dar con buenos textos de miedo. 

Sin embargo con el paso de los años (y tal como explico con mucho detalle y muchos enlaces con minuciosas anotaciones en este artículo sobre "La materia de Selas") han ido ganando los textos propios para la elaboración del repertorio de alumnos de secundaria, y para que esto haya sido así ha jugado un papel determinante la búsqueda de un narrador en primera persona que resultara verosímil para el público.

Así pues el grueso de mis espectáculos para secundaria están articulados desde una voz propia muy personal que se sostiene en textos elaborados por mí de maneras diversas (en el artículo enlazado sobre “La materia de Selas” explico los tres modos distintos como he hecho esos tres espectáculos). Personalmente creo que contar textos propios es muy arriesgado, la cercanía entre autor y narrador nos impide en muchas veces ser capaces de ver con un criterio atinado la calidad de los textos que contamos, por eso antes de contar textos propios es bueno pasar por unos cuantos años previos contando sólo cuentos tradicionales (es un aprendizaje natural, una manera de incorporar y asumir estructuras orales que luego podremos utilizar para nuestros propios cuentos) y de lectura, búsqueda y oralización de cuentos de autor (para acostumbrarnos a trabajar también con otro tipo de materiales que incluyen propuestas y temáticas muy variadas, y también para aprender a desbrozar esos cuentos en su paso de lo escrito a lo oral).

Pero no solo se trata de un trabajo previo, es necesario también hacer una reflexión posterior (y continuada) de la propuesta artística, en este sentido y con este público intento siempre que todos mis espectáculos dispongan de unos cuantos minutos al final para el diálogo con los chavales que han asistido: ya sea porque el espectáculo tenga un final abierto que invita al diálogo, ya sea porque en el mismo se plantean algunas cuestiones interesantes para charlar, ya sea para que los chavales dispongan de unos minutos en los que puedan preguntar sobre lo que han escuchado y visto a lo largo de la hora de cuentos, o sobre cualquier cuestión relacionada con la narración o la tradición oral. Este espacio al final de mis espectáculos con jóvenes es muy enriquecedor (tanto para ellos como para mí y para lo que cuento), por eso, desde hace años, trato de incluirlo siempre. Además refuerza la implicación del público con el espectáculo y facilita el conocimiento de la propuesta artística y del oficio de contar; todo son ventajas.

 

El ser humano se alimenta de ficción, y un plato fundamental de esa dieta es la vieja buena ficción de los cuentos contados. Da igual que sea un público infantil, juvenil o adulto: hay muchos cuentos esperando pacientemente para ser elegidos y contados. Espero que estas someras reflexiones os resulten de utilidad para trabajar con este público delicioso que son los jóvenes, público, por otra parte, tan necesitado de buenos cuentos como cualquier otro.

 

Pep Bruno

 

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